viernes 19 de marzo de 2010

Tinta y sangre de Lihn



REVISTA DE LIBROS
Domingo 31 de Mayo de 2009

Tinta y sangre de Lihn


Cuatro ensayos componen el libro, flanqueados por un prefacio y un apéndice, dos textos que este lector asimiló en primer lugar. Los escritos que quedan al centro complementan la visión de Adriana Valdés ya desplegada sobre la escritura de Lihn, en especial en el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina, de 1995.

No obstante, son decisivas las ideas de la ensayista sobre las tres ciudades en las que enclavó el vate su propuesta, llamada por la crítica "poesía situada", una lírica de paso, marcada por los viajes y los desplazamientos, reales o imaginarios. Ciudades evocadas, vistas casi al trote, ensoñadas; abigarrados objetos de deseo y deseos sin objeto; inventadas y trajinadas con los pies que el escriba dejó en ellas: París, Manhattan y Santiago.

Espacios donde estuvo de visita un hablante vagabundo, vuelto un fantasma, para el que era más real su libreta de apuntes, en la que escribía notas de viaje, que el entorno.

En los textos más subjetivos, particularmente en "Prefacio: veinte años después", Valdés declara: "Fuimos pareja de 1974 a 1981", y también en otro momento: "Yo lo quise y a veces él también me quiso". Allí su libro adquiere la atmósfera de una confesión íntima, tan audaz como honesta, tan bella como inmanejable.

Los demás ensayos centrados sobre el sarcasmo y la lucidez crítica de Lihn, sin parangón ni herederos hasta hoy, su disidencia de los oficialismos, las dictaduras y las ortodoxias, su desubicación política, el intelectual que blasfemaba a destiempo y se hacía harakiris, alejando de su órbita a comisarios e inquisidores, constituyen parte de las indagaciones de Adriana Valdés en torno a la poética de Lihn.

Además, menciona en los poemas lihneanos los desenfrenos del yo y del ello, las visiones de la literatura entendida como la precariedad misma, espejos, invernaderos, habitaciones oscuras, traumas personales y sociales, la retórica y la cháchara vergonzantes: la poesía como el gran fantasma bobo.

Sin omitir la autocrítica, que llegaba al sabotaje, el rencor hacia la infancia y la educación; la inoperancia de la alquimia del verbo: "Él botó esta basura", dice Lihn en su poema "Rimbaud". En suma, el pathos de sus versos: la poesía como el albatros asesinado que se lleva colgando del cuello, de acuerdo con el poema de Coleridge, pero también como en el poema "Albatros" de Baudelaire, un ave provista no de alas, sino de muñones.

A la par, Adriana Valdés desliza de nuevo la confidencia, en "La escritura de Diario de Muerte: un testimonio presencial". En ese punto, el ensayo se aproxima más a la sangre que a la tinta, se torna bitácora, crónica de su caminar con Lihn desde la perspectiva crítica y emocional.

Si la poesía es también una forma de silencio, antes de entrar en la zona muda, es posible susurrar: "... quien de los dos es el otro cuando ocurre/ lo que podría llamarse, amor, por su nombre".

Mario Valdovinos

Enrique Lihn: vistas parciales

Adriana Valdés

Editorial Palinodia, Santiago, 2008, 177 páginas, $12.000.

Ensayo



jueves 18 de marzo de 2010

Entrevista / Enrique Lihn / Daniel Fuenzalida (compilador)



Entrevista / Enrique Lihn / Daniel Fuenzalida (compilador)

Apartir de la muerte de Lihn (1988), el análisis en torno a su copiosa y heterogénea obra no ha cesado. El olvido y el ninguneo, que tan cercanos tuvo en vida, dejaron paso a lo contrario, la lectura y revaloración de una poética expresada en las más diversas formas y géneros, cuya escritura nunca excluyó la autocrítica y negó toda posibilidad a la complacencia, el soborno y los acomodos. Disidente crónico, hasta de sí mismo, cultivó con saña la ironía y la parodia, se negó a profetizar y al cultivo de ninguna imagen como no fuera la del hombre y el artista fieles a sí mismos y a sus proyectos.

El presente volumen de entrevistas reúne más de treinta que se le hicieron, desde la primera que concedió, a los diecinueve años, hasta las respuestas elaboradas pocos días antes de morir, y permite una panorámica de sus puntos de vista. Si bien Lihn descreía de este género periodístico, quizás basado en un criterio muy cercano a la frase de Borges: "Lo más superficial que puede tener un hombre son sus opiniones", se le nota frente a sus interlocutores (entre los que destacan Hernán Loyola, Juan Andrés Piña y Marcelo Coddou) abierto, penetrante y provocador.

La compilación de Fuenzalida posibilita al lector advertir las contradicciones de Lihn y los vaivenes ideológicos que experimentó: en los sesenta proclive a la cubanofilia, años después, lo opuesto: declaraciones del tipo "Estoy contra los viajes a Estados Unidos", para, en los ochenta, recibir becas e invitaciones de ese país.

No obstante asumía todo, teorizaba y ponía en práctica sus inclinaciones por una poesía del viaje, que diera cuenta más que de la realidad, del lenguaje que la constituye; combatía la represión y la censura en los años amargos; defendía la marginalidad de los géneros; en suma, enarbolaba su condición de "artista de la palabra".

A unos pasos del hacha, tuvo tiempo para las últimas declaraciones. Después, basta, basta, Enrique. Tranquilo. Aquí la tiene la muerte.

MARIO VALDOVINOS

Ficha
Enrique Lihn
Daniel Fuenzalida (compilador).
JC Sáez Editor, Santiago, 2005, 260 páginas.
Precio de referencia, $8.900.

ENTREVISTA


miércoles 17 de marzo de 2010

Un Enrique Lihn por Descubrir


CULTURA Y ESPECTÁCULOS
Martes 24 de Abril de 2001


Un Enrique Lihn por Descubrir

Hoy, el Centro Cultural de España inicia una semana de homenaje al desaparecido poeta con una obra de teatro y una exposición de historietas dibujadas y escritas por él. Además, el jueves hay una mesa redonda y el viernes se exhibe una película de su autoría.
Antes de morir en julio de 1988, el poeta Enrique Lihn estaba abocado a terminar una historia. Pero no se trataba de una novela o una poesía. Sorprendiendo a quienes menos le conocían, pero no a sus cercanos, Lihn luchaba contra la muerte y las páginas en blanco de un cómic.

El artista, célebre por su notable uso del verso y la ironía, confirmaba así su habitual inquietud artística. Y a su interés sobre otros aspectos fuera de la lírica - como la ilustración, el video y el teatro- agregó una nueva conquista con la historieta Roma, la loba, escrita y dibujada por él.

Mi papá siempre tuvo un marcado interés por el dibujo, cuenta Andrea Lihn, hija del poeta. Estudió en el Bellas Artes y le gustaba leer cómics del tipo Dr. Mortis: medio tremebundos.

Aunque no alcanzó a terminar las viñetas cuando hace casi 13 años lo sorprendió la muerte, eso no fue impedimento para que ese mismo año este cómic de 53 páginas y en blanco y negro fuera publicado con edición de Pablo Brodsky y comentarios de Alejandro Jodorowsky.

Prácticamente inédito, parte de este lado B del autor de La pieza oscura, La orquesta de cristal y Diario a muerte, puede ser conocido por el público gracias a una exposición con 11 páginas originales de Roma, la loba, que se exponen desde hoy, en el Centro Cultural de España.

La muestra se enmarca dentro de un homenaje en torno a la figura de Lihn, el cual también considera el montaje de la obra Enrique x Lihn (hoy y mañana); una mesa redonda (jueves 26) y la exhibición (viernes 27) del filme La última cena, dirigida por el vate en 1983.

Hay un manejo del trazo excelente, describe Lily Duffau, encargada del montaje de estos cómics, cuya trama es una descripción coral de un mundo urbano cruzado por la prostitución y los bajos fondos.

También tenemos vitrinas con fotos suyas en distintas etapas de su vida, y algunos trabajos donde combinaba poesía y dibujo, sigue Duffau, también escenógrafa de la obra Enrique x Lihn.

A mi papá le gustaba el contacto con la gente, agrega Andrea. Y para lograr uno más directo es que intentó este cómic.

Poeta de Película

Andrea Lihn - junto a Francisco Reyes y Pedro Vicuña- forma parte del elenco de Enrique x Lihn, pieza que reflexiona sobre un Lihn desconocido y su obra, y también estuvo en el reparto de La última cena, cinta en formato video:

Interpreté a una novia que contrae matrimonio en una acaudalada casa mientras el lugar es tomado por un grupo de mendigos, recuerda respecto de su actuación en una grabación llena de improvisaciones y en la que intervinieron personajes como Nemesio Antúnez, Maya Mora, Gregory Cohen y Carlos Flores.

Mercedes Torres, encargada de la difusión del Centro, cuenta que, debido al delicado estado de la cinta y pese a que el propio cineasta Carlos Flores la traspasó al sistema Betacam para restaurarla en algunos de sus segmentos, quedan fallas técnicas.

Sin embargo, y por la importancia de este documento, estos defectos serán suplidos con una exhibición comentada. Es decir, en las partes en que el audio falle, el propio Flores y algunos de los participantes del video, como Cohen, harán útiles comentarios al margen para contextualizar este desconocido quehacer del poeta.

La exposición de Comics de Enrique Lihn del Centro Cultural de España (Providencia 927) estará abierta para el público hasta el viernes 27, de 10 a 20 horas. En tanto, la mesa redonda del jueves y la película del viernes están programadas para las 19.30 horas. La entrada es liberada.


martes 16 de marzo de 2010

Andrea Lihn edipo a mucha honra


Andrea Lihn edipo a mucha honra

Genéticamente intensa. De penas grandes y risas fuertes. Andrea, la hija del poeta Enrique Lihn, lame sus heridas con el montaje de la obra Enrique por Lihn, donde interpretará a las mujeres de su padre. Las conoció siendo muy niña: La mujer que entrara a nuestra vida, para mí era peligrosa, mi papá era lo único que yo tenía. Viví con el trauma del abandono materno.
Por Lourdes Andrés. Fotografías: Leo Vidal

Cuando Enrique Lihn presentó su libro A partir de Manhattan y leyó el poema Para Andrea, esos versos, Ella baila con sus alas de artista/ como una gitana al son de violines húngaros/ y no se detiene dos veces en la misma flor le costaron que su hija Andrea Lihn (hoy de 41 años) se fuera de la casa y le negara la palabra durante tres meses, aunque en silencio los Lihn podían convivir perfectamente. Es que esa metáfora de una mariposa que era alguien como yo, una persona que no profundizaba..., fue muy fuerte, como no podía criticarme directamente lo hacía a través de su poesía y me marcó mucho en una época en que yo ya hubiera podido compartir con él lo que escribía.

- ¿Te gustaba su obra?

- Para ser franca, en el tiempo en que mi papa vivía, yo leía muy poco sus cosas. Tenía que ver con la tranca de que él estaba siempre en la literatura y no conmigo.

- ¿Celos?

- Sí. Es que tú ibas a mi casa y entrabas al baño... y el canasto de la ropa sucia, lleno de libros..., en la cocina, libros abiertos... Saludabas a mi papá y te hacía una seña para que no lo interrumpieras porque estaba leyendo. Caminaba por la calle leyendo... De alguna manera él me creó una aversión hacia la literatura. No cuando yo era chica, porque entonces me dedicaba poemas muy bonitos... fue después.

Sus padres se separaron cuando tenía un año y su madre, Ivette Mingram (bailarina y mimo), sintió que no podía hacerse cargo económicamente de ella. Los Lihn decidieron que lo mejor era aceptar la proposición de que viviera con sus abuelos, a su cargo, en una casa grande, donde todo funcionaba bien.

- Fui la séptima hermana de mi papá, educada por sus mismos padres y con sus mismas trancas. Mi padre entraba y salía, a veces estaba meses fuera. Vivió en Cuba cuatro años y nunca lo vi en todo ese tiempo.

- ¿Cómo recuerdas ese período?

- Mientras lo vives no te das mucha cuenta. Pero de las etapas que no viví con mi papá tengo vacíos y eso me hace pensar que no lo pasaba muy bien. Mi abuela era una mujer algo dura. Cuando mi papá estaba presente, era mi punto de apoyo. Pero fue mi tía Nieves, su hermana mayor, quien me dio la parte afectiva. Ella - quien es la mamá de Raúl Alcaíno- me enseñó el lado femenino, porque mi abuela era una persona muy austera, que nunca usó un perfume ni se pintó los labios. Mi tía Nieves, en cambio, me regaloneaba. Cuando murió, yo tenía 17 años, se disgregó mucho la familia.

- ¿Qué te provocaba vivir en casa ajena?

- Me sentía un estorbo, como una apátrida que no pertenecía a nada y que nada me pertenecía. Sé que mi papá hizo un gran esfuerzo para ser padre, pero era algo que lo sacaba de su mundo. Lo de mis padres fue un romance apasionado, absolutamente inmaduro. No creo que ellos se plantearan formar familia ni nada de eso; o sea, se casaron y no sé por qué se casaron, y al año me tuvieron. Mi padre me mitificó y se enamoró absolutamente de mí, dijo que era el poema más bello que había hecho, aunque suene siútico; pero no se la pudieron como familia.

Después de la separación, vivía con su madre los fines de semana. Pero ella no podía soportar que el domingo, cuando me dejaba con mi papá, yo llorara. Ella escabullía al dolor, a cualquier situación que la pusiera un poco en jaque. Como no podía con ese llanto, era mejor agarrar una maleta e irse a Francia.

Establecieron una relación por carta. Luego hubo un intento fallido de vivir todos en París, separados, pero más cerca. Andrea tenía siete años cuando regresó con su padre.

- La sola idea de quedarme allá con mi mamá no podía soportarla. Era una persona muy lejana a mi existencia, un ser absolutamente desconocido. Ella después recorrió el mundo, me vino a ver cuando tenía once años y después nunca más. Borró a Chile de su vida, tampoco habló más español. Yo la he ido a ver varias veces, pero han sido encuentros poco gratos. En nuestra relación hay mucha culpa, hay dificultades para entendernos que van más allá del lenguaje.

De vuelta en Chile, Andrea recibió la sanción social.

- En el colegio a los niños les prohibían juntarse conmigo. Yo representaba el peligro: tenía un papá poeta que usaba el pelo largo y nunca fue a una reunión de apoderados. Era mi abuela quien estaba en lo cotidiano. Creo que nunca me echaron de los colegios porque ella les daba pena. Estuve en el San Gabriel, hasta que me engrupí a mi papá para que me metiera al Marshall, porque quería ahondar en inglés. Como el pobre no cachaba, me metió y casi se murió. Luego, a los 13 años, me fui al Liceo 7, porque yo decía a mí me gusta Allende, voy a un liceo.

- ¿Tus hijos son tan intensos como tú?

- Tengo la esperanza de que mi hija Sofía, de tres años, sea menos; pero Enrique, que tiene once, es tremendo, de una sensibilidad extrema. Es bonito, hasta poético ser así, pero se sufre mucho. Mi padre nunca se pudo volver a casar. Estuvo a punto cuando yo tenía seis años y tuvo que pelear porque yo era muy celosa. La mujer que entrara a nuestra vida para mí era peligrosa, mi papá era lo único que yo tenía. Las que llegaban me hacían la pata y trataban de congraciarse y yo nada de nada, tenía el trauma del abandono materno.

- Hay quienes dicen que en la poesía chilena hay un antes y un después de Lihn...

- ¡Uf..! Yo no soy muy literaria, no leo mucha poesía. De él he leído y releído todo, salvo Diario de muerte. Ese fue el último libro que escribió mientras estaba en su lecho de muerte, con cáncer; yo terminé copiándolo y él me lo dictaba. Es un libro que no he tenido el valor de leer, es muy intenso, le habla a la muerte directamente, habla de la calva, que la ve, la siente, que va entrando a su pieza.

En la casa de los Lihn todo giraba en torno al arte y todos los amigos de su padre eran artistas o poetas. El amaba a Parra, aparte de que era su gran amigo lo admiraba. También a De Rokha; la Mistral le encantaba, y Huidobro. Al que no le tenía ningún aprecio era a Neruda, nada. De eso me acuerdo muy bien. Los comentarios de mi padre no tenían nada de light, eran lapidarios, sarcásticos, no quedaba títere con cabeza. Ese era mi mundo. Y gente como Parra o Alejandro Jodorowsky para mí eran seres comunes y corrientes.

- ¿Te gustaba eso?

- Yo me paraba y me iba. Me lateaba mucho, hablaban cosas demasiado complicadas, yo quería comentar cualquier lesera, y era imposible... Me iba y me sentaba en mi pieza a ver la telenovela.

- ¿Como acto de rebeldía?

- No, yo me estaba rebelando contra el padre. La rebeldía hubiese sido ser una secretaria (y lo fui un tiempo). También estaba en la elección de mis pololos, que eran empresarios. En ese sentido yo me rebelé, él no lo podía soportar.

Lo curioso es que cuando Andrea quiso estudiar teatro, su padre le pidió que no lo hiciera. Estudió publicidad, fotografía, maquillaje y trabajó como secretaria de una oficina de abogados. Estuve deambulando hasta los 25 años. Hasta que decidió nuevamente ser actriz. En Chile estudió en la Escuela de Fernando González; en Francia, en el Conservatoire dArt Dramatique du Paris y en la escuela de Jacques Lecoq.

- El teatro fue lo primero en lo que fui perseverante. Eso resultó muy importante para mi papá y terminó aceptándolo. Además, se dio cuenta de que no era un mundo como en sus tiempos y que yo lo manejaba, que no tenía por qué pasarme toda la noche tomando en una esquina. Siempre fue absolutamente crítico, se sentaba en primera fila y era mi mejor espectador. Desde el primer momento, supe que tenía su apoyo incondicional.

- ¿Cómo es ahora tu relación con el teatro?

- Por un lado, siento que me ha ido mal; pero por otro, soy muy selectiva en mi carrera. En ese aspecto lo he hecho bien, porque no me he prestado para hacer nada que no me parezca. En ese aspecto me ha ido fantástico, porque tener una postura es importante en cualquier artista, no sólo un actor. Siento que quizás sea soberbia o tomárselo muy en serio, pero he hecho del teatro algo extremadamente serio y creo que tiene que ver mucho con mi papá. Nunca le he sacado partido económico, no he insistido en entrar a la televisión, me he quedado un poco fuera del staff de actrices.

- ¿Y por qué no obstinarse más por entrar en la televisión?

- No sé. Estuve en Sussi, con Justiniano, y lo pasé requetebien, pero tengo poca experiencia. Lo poco que hice me gustó y si me propusieran una teleserie la haría, me gustaría vivir esa experiencia, y porque evidentemente me tengo que sacar la mugre para hacer miles de cosas para sobrevivir y que me desconcentran del trabajo teatral. Pero no soy buena para todo lo social que involucra estar en el medio, el ir a los estrenos.

- Un asunto de carácter.

- He tenido períodos muy para adentro, que tienen que ver con mi pasado. La verdad es que... le tengo un poco de susto a los actores, a su crítica. También tiene que ver con la autoestima el que yo no haga más de lo que hago y el ser tan puntillosa.

- ¿Tienes la vara muy alta?

- Evidentemente, teniendo a mi papá como escritor, la vara es muy alta en todo sentido. Con la elección de los trabajos, con la forma de vivir. Mi papá siempre ha sido un ejemplo de vida, era una persona extremadamente consecuente, muy honesto, verdadero, sin nada por detrás. Siempre a mi papá lo vi - perdonando la poca modestia- por encima de los demás en su forma de ser y en la actitud que tenía hacia la vida.

- ¿No es un poco edípico eso?

- Puede ser, pero fíjate que mientras más conozco gente, más me doy cuenta de que mi papá es un tipo caballo. Me ha costado mucho tener pareja. Yo tengo el recuerdo de mi padre, que jamás le pidió a una mujer que le planchara una camisa. A las empleadas siempre las trataba de usted y les pedía las cosas por favor, siempre hubo mucho respeto en lo cotidiano. Jamás entró a mi pieza sin tocar la puerta. Era una persona extremadamente fina. Contestando a tu pregunta, sí, puede ser edípico, pero la verdad es que... a mucha honra.

- ¿Cómo te llevas con tus hijos?

- No es por casualidad que no estoy actuando siempre. Yo necesito que mis niños tengan un punto de referencia importante, una casa, un hogar, porque yo no lo tuve.

- ¿Has logrado el equilibrio?

- Ser actriz seria y mamá seria me ha costado. Porque cuando actúo dejo todo botado. Me cuesta equilibrar las dos cosas: estoy todo el día pensando en la obra, y los niños me hablan y no los escucho. Si llego tarde de los ensayos siento que ellos se van a quedar solos y se van a asustar si no estoy. Y no he encontrado el equilibrio, lo estoy buscando. Tengo terror de hacerlos sentir ausencias o inseguridades, cosas que yo sentí toda mi vida. He sido un pilar muy fuerte para mis hijos, ha tenido prioridad eso. También influye mi parte emocional. Soy muy vulnerable y me ha costado enchufarme en ciertas cosas, he pasado períodos con cosas familiares no resueltas y ha primado eso más que el teatro.

Con el trabajo Remite Enrique ganó un Fondart en 1999. Así se llamó al principio, pero luego derivó a Enrique por Lihn, al cambiar el proyecto de monólogo a tres actores.

- ¿Va a ser catártico interpretar a las amantes de tu padre?

- Exactamente, será bastante terapéutico, por eso mismo me ha costado tanto hacerlo. En la última obra que hice de él, al terminar pasé por una depresión caballa y como me dijo la terapeuta que veía en ese tiempo, era un poco como volver a estar con mi papá. Pero este proceso ha sido el más largo de todos, el más complicado.

- ¿Te hace bien ligar tus proyectos personales a tu padre?

- La historia con mi papá es una historia inconclusa en el total sentido de la palabra, personal y profesionalmente. Quedaron muchas cosas por decirnos, cosas por hacer. Hay algunas obras que escribió pensando en que podríamos hacerlas juntos, pero yo siempre estaba ocupada trabajando con Griffero y sus proyectos en el Trolley. Nunca se me pasó por la mente que mi papá iba a morir. Ese hombre enorme, maravilloso, genial, jamás. Era inmortal. Pero nos faltó tiempo.

- Y con esta obra, ¿pretendes recuperarlo?

- Es que yo me siento un poco responsable de sus cosas, de su obra. Soy su única heredera, la única que tiene sus cosas. De alguna manera, siento que es recuperar algo que no hicimos juntos. No sé, me hubiese gustado conversar tantas cosas con él que no conversamos, que no llegamos a superar, porque teníamos una relación súper difícil. Siento que a través del teatro me voy curando de esos conflictos que teníamos como padre e hija.


lunes 15 de marzo de 2010

Lihn, ¿mito literario o poeta maldito?


Lihn, ¿mito literario o poeta maldito?

Acaba de lanzarse "Enrique Lihn: vistas parciales", de Adriana Valdés, que aborda estudios acerca de su obra y un capítulo testimonial sobre los últimos días del poeta.

MARILÚ ORTIZ DE ROZAS

La cantidad de rumores y "versiones dudosas sobre circunstancias de la vida y muerte de Enrique, hechos que inciden en la lectura de su obra", son los que motivaron a Adriana Valdés a romper su discreto silencio para aceptar la invitación de Editorial Palinodia y escribir sobre Lihn. Aclara que "... Vistas parciales" no es una biografía, pero servirá a quienes más adelante quieran llevar a cabo esa tarea.

"Enrique Lihn se ha transformado, desde su muerte, en una especie de magneto que atrae las más diversas fantasías. Su aura de poeta maldito no lo abandona, y sobre ella cada uno teje su propia versión. El último número de la revista New Yorker trae un relato magnífico de Roberto Bolaño sobre un encuentro fantasmal e imaginario con él".

El poeta de "La casa de Dostoievsky", de Jorge Edwards, también se inspira en Lihn, y son los dos casos más recientes y destacados de su mitificación. "Por cierto, esto no le habría desagradado, y puede que sirva para dar a su obra una difusión que no tuvo mientras vivió. Sin embargo, sería lamentable, para su posteridad, que algunas de esas ficciones fueran tomadas por hechos", recalca Adriana Valdés.

La académica y escritora aclara en "... Vistas parciales" numerosos aspectos sobre Lihn y también respecto de ella, precisando que fueron pareja desde 1974 hasta 1981, lo que derivó en una profunda amistad que duró hasta la muerte de Lihn. Por encargo de él, Valdés lo cuidó en sus últimos días y se encargó de publicar su obra póstuma. Ese período es el que aborda en el capítulo "La escritura de Diario de Muerte, un testimonio presencial", en el que revela detalles muy emotivos y estremecedores, como que Enrique Lihn escribió obsesivamente hasta su último respiro, y como las fuerzas le flaqueaban, incluso pidió que le amarraran el lápiz a la muñeca...

Revela también que Lihn vivió modestamente, pero con sus propios medios, y afirma en forma tajante que era "muy delicado en asuntos de dinero".

"... Vistas parciales" salió de imprenta en los últimos días de 2008, año en que se cumplían dos décadas de la muerte de Lihn. Valdés lo dedicó a Andrea Lihn, única hija del poeta, y a los dos hijos de ésta, "para que conozcan a su abuelo y dimensionen quién fue", exclama.

Si hay algo de lo que sufrió Lihn en vida fue de falta de reconocimiento. "Hoy no hay que hacer ningún esfuerzo para mantener viva su memoria. Su obra, visionaria, tocó una fibra que hace eco en la juventud actual, por eso hay tanto interés en ella".

Dotado de una honestidad compulsiva, una actitud crítica, confrontacional y desafiante, cosechó lo que era de esperar: hartos enemigos, en particular en política. Pero es lo que le permitió ser el autor de "Porque escribí", uno de los poemas chilenos más antologados actualmente:

"Porque escribí no estuve en la casa del verdugo.../ ni me hice desear como escribiente/ ni la pobreza me pareció atroz/ ni el poder una cosa deseable.../ Pero escribí y me muero por mi cuenta/ porque escribí, porque escribí estoy vivo".

Andrea Lihn manifiesta que le emociona ver cómo hoy su padre efectivamente sigue vivo a través de su poesía y de sus infinitos seguidores, en particular los jóvenes.

Santiago, París, Manhattan

Enrique Lihn nació en septiembre de 1929, y estudió en el Saint George y el Liceo Alemán. Trabajó como locutor radial, ilustrador, crítico de arte y profesor, tanto en Chile como en Estados Unidos. Obtuvo una beca en museología que lo llevó a vivir a París, así como la beca Guggenheim que lo trasladó a Manhattan. También vivió en Cuba, con cuyo régimen se enemistó a raíz de su defensa del poeta Padilla. Obtuvo diversos premios internacionales, entre ellos el Casa de las Américas. En Chile sólo obtuvo el Premio Municipal de Poesía por "La musiquilla de las pobres esferas". Murió de cáncer el 10 de julio de 1988.


domingo 14 de marzo de 2010

Hay Sólo Dos Países




Hay Sólo Dos Países

Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos

por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad
pero, a la larga, eso no tiene sentido
Duele separarse, poco a poco, de los sanos a quienes
seguiremos unidos, hasta la muerte
separadamente unidos
Con los enfermos cabe una creciente complicidad
que en nada se parece a la amistad o el amor
(esas mitologías que dan sus últimos frutos a unos pasos del hacha)
Empezamos a enviar y recibir mensajes de nuestros verdaderos
conciudadanos
una palabra de aliento
un folleto sobre el cáncer


sábado 13 de marzo de 2010

Libros: La guerra contra la cháchara


Fuente: The Clinic.

A Enrique Lihn no le bastó con ser, con el permiso de Jorge Teillier y su pandilla de láricos, lejos el mejor poeta de su generación; fue también el crítico cultural más enconado y sagaz, un lector aventajado de la realidad, un severo observador del sofismo nacional, un poeta que llevaba consigo un “detector de mierda” (la expresión es de Adriana Valdés) siempre encendido, siempre alerta; fue, y sigue siendo, una influencia para los escritores jóvenes, aunque muy pocos, quizá únicamente Bolaño (tal vez, en un grado menor, Rodrigo Lira), recogieron ese pathos de honestidad intelectual y política que hizo de Lihn una figura incómoda para la derecha y la izquierda -fue el primer intelectual en desligarse de Cuba tras el famoso “caso Padilla”-, para la academia y el lector; básicamente, para todos.

La profesora y crítica Adriana Valdés (1943), quien fuera pareja de Lihn entre 1974 y 1981, reúne en “Enrique Lihn: vistas parciales” cuatro ensayos escritos en los últimos veinte años, uno escrito especialmente para este libro, y un nuevo prefacio: cinco “vistas parciales”, cinco piezas o ventanas que dan a ese faro de la lucidez que es la obra de Enrique Lihn.

“El sarcasmo de la inteligencia crítica”, el primero de los ensayos, refiere a la “fuerza de la negatividad de la crítica” en la obra de Lihn. Valdés piensa que esa actitud vital representa una guerra contra la cháchara, “desconfianza del verbo en el lenguaje”, una batalla contra el populismo y las modas. Queda la imagen de un Lihn incapaz de capitalizar las oportunidades que se le presentaban, un perfecto practicante de “harakiris” en la vida pública, como señala Valdés, alguien para quien la crítica era una extensión del cuerpo, un afán irremediable. Es posiblemente el mejor ensayo del libro.

En “Santiago, París, Manhattan”, Adriana Valdés recorre analíticamente buena parte de la poesía de Lihn. El resultado es dispar. El tono académico, el disfraz de turno, parece una lengua impropia al lado de la soltura, una soltura que podría venir de la sinceridad, que consigue Valdés en los otros ensayos. Son varias páginas de análisis codificados en los términos de la universidad, lo que ciertamente puede aburrir.

Con la excepción de “Diario de muerte”, un ensayo o nota necrológica apasionada en defensa de Lihn, los restantes ensayos cumplen un rol secundario. Ninguno alcanza la lucidez de “El sarcasmo de la inteligencia crítica” o la ambición de “Santiago, París, Manhattan”. También está incluido el prólogo de “Textos sobre arte”, publicado por la Universidad Diego Portales y editado por la misma Adriana Valdés y Ana María Risco.

“Enrique Lihn: vistas parciales”es,en definitiva, un libro celebratorio (el año pasado se cumplieron veinte años de la muerte de Lihn) que tiene un muy buen ensayo, otro muy emotivo, y otros más bien subsidiarios: se leen porque están allí.

Enrique Lihn, como un fantasma persistente, una especie de fantasma de Canterville con más tenacidad y menos lástima, no desaparece del todo. Su obra se reedita. Su poesía se lee, o se vuelve a leer, o nunca se dejó de leer. Sus novelas reviven. Y comienzan a proliferar los ensayos sobre él. Adriana Valdés contribuye con varios que ayudan a iluminar la obra, la vida y la muerte de Lihn.